Vuelta del Zorro: Tercera Parte

Este tramo de la Vuelta del Zorro atraviesa el paso internacional conocido como “Paso de los Vuriloches”, cuyo acceso solo es realizable a pie o a caballo. Partiendo de las inmediaciones del Cerro Tronador, el sendero se interna en la selva valdiviana más tupida, para desembocar finalmente en las costas del Estuario del Reloncaví, Océano Pacífico. Es la sección más remota y menos concurrida de toda la Vuelta del Zorro. Permite experimentar con intensidad el gran contraste de clima y vegetación que se produce al transitar en ambos lados de la cordillera.

De Pampa Linda a Cochamó (75 km)

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Día 14: De Pampa Linda a Carabineros de Chile (13 km)

El Paso de los Vuriloches, conocido en Chile como “Ruta de los Jesuitas”, es un sendero de montaña solo transitable a pie o a caballo, que une Chile y Argentina. De la tribu que le da nombre proviene el nombre de la localidad de Bariloche, que significa “comedores de carne humana”. Aparentemente tal hábito les fue adjudicado erróneamente a la mencionada tribu; aún así mútliples historias rodean este antiquísimo sendero selvático, en las que se mezclan leyendas de caciques y misioneros.

Pasado el mediodía inicié el itinerario desde gendarmería. Allí realicé un trámite muy sencillo, necesario para cruzar al país vecino. Me dieron tres papeles que debería ir entregando en Carabineros y Gendarmería para poder ingresar a Chile y finalmente regresar a la Argentina.

El sendero comienza con una huella vehicular que sale desde Pampa Linda. La huella se convierte en sendero a la altura del río Cauquenes, momento en que se deja atrás el bosque árido de ñires. En frente una pared elevada de piedras y cohiues custodian la entrada al sendero.

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Comienzo del sendero

A poco comenzar, el sendero se rodea de bosque cerrado. Se atraviesa cañaveral y bosque de cohiues, con algunos arroyos que vadear. A medida que se gana altura el cohiue va sediendo paso a la lenga. Todas las subidas son suaves; el desnivel se va ganando gradualmente, de allí que la dificultad sea menor que las otras secciones de la Vuelta del Zorro.

Tras una larga caminata, se alcanza un nivel elevado estable, el más elevado del cruce. El paso es de unos 1400 smnm, sin superar nunca el límite de vegetación. Entre bosque achaparrado y algunos mallines, una bifurcación permite visitar el hito internacional. Un cartel artesanal indica que estamos en territorio chileno.

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Un camino de troncos permite atravezar un gran mallín que finalmente conduce al puesto de Carabineros de Chile. A lo lejos se pude divisar el humo de un fogón y escuchar gente conversando. El lugar era más concurrido de lo que esperaba; varias carpas coloridas rodeaban el puesto de Carabineros; la mayoría de quienes llegan aquí es para ascender al refugio Viejo, en el Cerro Tronador.

Me hice amigo de una familia de chilenos, con los que compartimos el fogón y algo de comida esa noche. Era una gran familia, con tíos y hermanos todos presentes. Habían decidido pasar sus vacaciones haciendo trekking, algo que no se ve todos los días. Los chicos de todas las edades, cargaban sus mochilas sin excepción; unos caballos los ayudaban transportando la comida. Uno chileno me ofreció cambiar dinero, ya que iba para Argentina; me vino muy bien para sobrevivir hasta el próximo cajero.

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Hablando con un guía baqueano de la zona, me describió el camino como más difícil de lo que imaginaba. Efectivamente, había hecho un poco mal las cuentas y el Paso de los Vuriloches era más largo de lo que pensaba. Eso me trajo dificultades en cuanto a la cantidad de comida, así que tuve que consumir lo mínimo y racionalizar al máximo. Esa noche sentí por primera vez el contraste climático: el frío húmedo que provenía del lejano Pacífico se hacía sentir ya en el bosque de altura.

Día 15: de carabineros de Chile a “lo de Jorge” (16,2 km)

Al día siguiente abandoné el puesto de Carabineros y pude experimentar el momento de mayor contraste entre ambos lados de la cordillera, en lo que respecta a clima y vegetación. El punto de inflexión está a la altura de la mitad del cerro Tronador. A partir de allí, el paso va en descenso continuo. Se deja atrás el bosque de lenga y aparecen otras especies desconocidas para mi. Incluso los árboles típicos adquirían otra apariencia, al verse cubiertos de musgo y cubiertos por trepadoras.

Me falló la señal satelital del GPS de mi celular. Durante varias horas me guié con las referencias conocidas y un mapa impreso. No es difícil orientarse en esa parte, porque porque si bien el sendero presenta algunas bifurcaciones, la dirección a seguir es siempre este-oeste y el Cerro Tronador a la vista es una referencia infalible.

Los celulares pueden perder señal satelital en áreas remotas. La antena de estos dispositivos se complementa con las antenas del servicio regular, de manera que requieren de apoyo adicional cada tanto. Una vez que se logra encontrar señal funciona largo tiempo con los datos adquiridos, pero si pasa un tiempo muy prolongado sin buena señal, el sistema se vuelve lento y falla. Luego de varias horas, recuperé señal, pero es algo a prever: no se puede depender de totalmente de estos dispositivos; lo ideal es complementar con mapas y tener algo de conocimientos sobre orientación.

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Ventisquero Negro (Cerro Tronador)

El sendero se vuelve muy estrecho en una zona de bosque joven, con arbustos espinozos sin piedad con las piernas. Después me dijeron que esta zona había padecido un incendio décadas atrás. Según los pobladores, todos estos pasos de montaña fueron incendiados a comienzos del siglo XX para ser utilizables por el ganado.

Este claro permite una de las mejores vistas al Cerro Tronador, el “Ventisquero Negro”, ladera de la cual penden glaciares y cascadas. Es una de las zonas posibles para realizar el ascenso.

A esta altura hay un pequeño refugio de madera, conocido como Refugio Glaciar Blanco o Puesto Huenchupén, al cual se puede acceder libremente. El lugar se merece una parada. Por mi parte, tenía todo el día por delante y dada la cantidad de tábanos y abejas que asolaban en esta parte, continué a paso acelerado.

El sendero sigue el valle a una altura promedio considerable; por momentos se bifurca, a veces se forman caminos paralelos; otras veces se desvía hacia el fondo del valle, por lo que hay que estar atentos. Cada varias horas aparecía con suerte alguna señal; la señalización la mayoría de las veces es un pedazo de tela atada a una rama o una pirca.

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Los senderos alternativos permiten acceder a lugares remotos remotos e inhabitados. En esos lugares se puede acceder a aguas termales sin explotar turísticamente, muy comunes en estas zonas volcánicas de la cordillera chilena. Lo malo es que al no haber nadie a quien preguntar, no las encontré (admito que no soy un fanático del agua, así que tampoco hice el esfuerzo). Pero si alguien va con tiene interés, conviene adquirir su ubicación en puntos de referencia del GPS, o alternativamente contactarse con un poblador que haga de guía. Otro “tip” es levantarse muy temprano por la mañana, cuando hace un frío helado, y salir a buscar las columnas de vapor que brotan de los pozos termales por la diferencia de temperatura. Los baqueanos hablan de bosques de alerces milenarios ocultos y zonas de veraneo de altura, a los cuales se puede acceder también por estos senderos ocultos. Tranquilamente se le podría dedicar más de una semana a explorar los rincones de este paso aun muy salvaje.

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Una de las muchas tranqueras a lo largo del paso Vuriloche

Las tranqueras anunciaban la cercanía de algún poblador. El primero de ellos fue el señor Oyarzo, paso obligado. Es posible pedir allí alojamiento o armar la carpa con permiso. El segundo fue el señor Jorge, a cuya morada llegué cerca del anochecer. Solicité permiso para armar la carpa y me ofreció pasar a su casa. Me entretuve mucho conversando con Jorge, quien me contó de su fiera vida en aquel lugar alejado de toda población. Tenía sus animales típicos de campo: ovejas, caballos, perros y sus gatos, gallinas y gansos. Todos esos animales vivían en reducidos espacios, rodeados de montañas boscosas. La casa, estaba construida con tejuelas de alerce. En una época lejana era común la tala del alerce, al cual se llamaba “oro verde” por sus enormes propiedades y valor económico.

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Las casas antiguas de la región están construidas con madera de alerce

En la frontera las diferencias nacionales se desdibujan: el señor Jorge vestía como un paisano argentino; tomaba mate y era de Boca (con una antena tenía acceso a televisión satelital); también escuchaban folklore argentino. Me ofreció pan casero, un verdadero manjar, que me vino muy bien para aumentar los víveres. Me contó que pensaba realizar cabalgatas guiadas por la zona, aunque todo el turismo allí es muy incipiente.

El volcán Tronador acompañó toda esta primera parte del Paso Vuriloche. En su faceta final lo pude ver teñido de rosa durante la caída del sol. Otra de las mejores vistas de toda la Vuelta del Zorro.

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Último avistaje del Cerro Tronador desde el Paso Vuriloche

Día 16: de lo de Jorge a la Laguna Blanca (20 km)

Después de desayunar con el Señor Jorge, volví al sendero. Toda esta sección del paso es muy cerrada. Estaba en plena selva valdiviana, bien húmeda, con sus inumerables especies de plantas para mi desconocidas y sonidos de aves ocultas. La tierra era blanda, profunda y oscura, muy distinta al suelo rocoso y seco del lado argentino. A veces la tierra adquiere un tono rojizo que contrasta notablemente con los grandes helechos. El sendero a veces se hunde formando una especia de túnel o canal, que zigzaguea en la oscuridad. Atravesar esos túneles misteriosos fue una experiencia impresionante; no se sabía dónde iban a terminar, ni con qué uno se podía encontrar al final.

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Túnel en el Paso Vuriloche

Muchos de los ríos del Paso Vuriloche son invadeables; vienen con un gran torrente de agua lechosa de glaciar, totalmente encajonados. Por este motivo, los escasos pobladores han construido puentes colgantes, los cuales no siempre están en buenas condiciones. Uno de ellos de hecho estaba totalmente destruido y me obligó a buscar una zona apta para el vadeo; por suerte aquel río venía con poco caudal y no tuve mayor problema.

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Puente colgante en el Paso Vuriloche

Por esta zona se accede a las “Termas de Leticia”, que deben su nombre a una ex pobladora. Yo no me detuve a buscarlas, pero son una opción muy atractiva para muchos caminantes. No encontrar ningún poblador deambulando en estas zonas, ni siquiera en las pocas casas de alerce que había cerca del camino.

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En un momento llegué a una vivienda de alerce en medio de un claro. Los chanchos y las gallinas me dieron la bienvenida. Esperé a que saliera alguna persona para saludar, pero después de reiterados llamados, no apareció nadie. Mientras me sentaba para descansar y almorzar, vi sorprendido cómo una gallina se devoraba un tábano de un picotazo.

En un momento el camino se divide en dos senderos bien pronunciados. Un desvío al norte permite bordear el río Blanco hasta llegar a su desembocadura en un brazo del Lago de Todos los Santos. El Paso de los Vuriloches continua su rumbo esta vez en dirección sur.

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El desvío por el Río Blanco permite acceder a un brazo del Lago de Todos los Santos

Al final del día, el sendero empezó a ascender abruptamente por una ladera. Sabía que estaba cerca de la Laguna Blanca, también llamada Laguna del Bosque Inundado, pero me era imposible verla a través de la vegetación. Tras un largo faldeo, el sendero desciende abruptamente hasta la laguna, en las nacientes de un arroyo que hay que vadear.

Yo esperaba que la laguna fuera un lugar turístico y concurrido. Esperaba ver un acceso vehicular y al menos algunos pescadores. En lugar de eso, me encontré una laguna despoblada, en medio de un silencio rotundo y muchos mosquitos. No me atreví a tomar el agua pura, ya que tenía un color sospechoso. Así que administré la poca agua que me quedaba para el día siguiente y herví el agua del arroyo para la cena. Esa noche llovió, como lo haría las noches siguientes en la húmeda Patagonia chilena.

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La remota Laguna Blanca, también conocida como Laguna del Bosque Inundado

Día 17: de la Laguna Blanca a lo de Marcos (23 km)

El agua de aquella zona me generaba desconfianza. Había partes con agua estancada y se sentía el mal olor. Por tal motivo pasé un poco de sed durante las primeras horas de la mañana, hasta que encontré un arroyo confiable. Siempre es recomendable evitar el agua de las lagunas y tomar preferentemente agua de arroyos en movimiento, que caigan directamente de la montaña.

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Arroyo que nace de la Laguna Blanca, poco fiable para beber

En las inmediaciones de la laguna era difícil no perder el sendero, ya que se bifurcaba en huellas viejas y desaparecía en la espesura. También era difícil de seguir porque se confundía con los múltiples cauces secos. La clave para orientarse en estos casos es “mirar para arriba”: el sendero no debe tener en su trayecto vegetación colgante ni ramas bajas. Esto es porque los arrieros que atraviesan estos senderos lo hacen a caballo y van limpiando la maleza con machete. Otro secreto es observar los árboles caídos, ya que siempre son sorteados por algún lugar visible, si es que no fueron cortados con motosierra.

A lo largo del día hay que vadear el Río Conchas varias veces. La profundidad del río llega hasta la cintura y por suerte viene con poca fuerza. Todo debe depender de la época del año, así que cuanto más cerca de la primavera, mayor caudal tendrá y será más difícil de vadear. Lo más difícil para mi fue saber dónde retomaba el camino del otro lado, ya que hay que atravesar playones de piedras en los cuales se pierde el sendero. La clave es estar atento y observar las pequeñas pircas, algún rama u objeto con que los arrieros marcan el lugar de vadeo.

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Vadeo en el Paso de los Vuriloches

El agua de estos ríos eran totalmente transparente y la baja temperatura la hacía confiable para tomar. Además me vino muy bien bañarme y refrescarme un poco del calor de la caminata. En cada acceso al río se podía salir un poco del bosque y contemplar las montañas totalmente verdes al rededor.

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Otro de los tantos vadeos en el día

Perdí bastante tiempo encontrando el acceso al sendero en el último vadeo, hasta que volví a internarme en la selva. Todo el trayecto siguiente se caracteriza por atravesar constantes “túneles” que se bifurcaban. Cerca del Lago Cayuthué, empezaron a aparecer múltiples huellas paralelas, creadas obviamente por el ganado. Cada tanto me topaba con grupos de vacas. Al no haber un solo sendero, se hacía más difícil la orientación.

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Llegando a la laguna, se atraviesa un enorme bosque de arrayanes, con múltiples bifurcaciones de huellas de ganado. Por ahorrar tiempo, quise cruzar un valle y quedé totalmente embarrado; era un tramposo gran mallín, con muy mal olor. Del otro lado, se asciende por la ladera de una montaña que bordea el Lago Cayuthué. Aproveché algunos vadeos para sacarme el olor a podrido.

Tras pasar por varios túneles, las huellas desembocan en el  Lago Cayuthué. Esta vez sí, esperaba que el lago fuera una zona turística. Todo lo contrario. Sin acceso vehicular, se trata de otro paraíso, escondido e inhabitado. Un desvío permite bordearlo por la margen oeste y acceder en dirección norte hasta otro brazo escondido del Lago de Todos los Santos.

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Otro paraíso perdido: el Lago Cayuthué

Tras atravesar un gran claro, el sendero reaparece internándose en la selva cerrada. A partir de aquí empecé a percibir un olor extraño en el ambiente, un olor no muy agradable, totalmente raro para la cordillera a la que estaba acostumbrado: ¡era el olor a mar! El Estuario de Reloncaví se sentía a la distancia.

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Último tramo del sendero. Es imposible ver el mar, pero se siente el olor a a la distancia.

Tras un ascenso final bastante húmedo y encharcado, el sendero llega hasta el final de una huella vehicular. Estaba cerca de la población de Ralún. Siguiendo por el camino me crucé una camioneta; un grupo de pobladores chilenos andaba buscando ganado prófugo. Ya que estaba en zona residencial, pregunté por un lugar recomendable para pasar la noche; me sugirieron seguir el camino hasta lo del señor Marcos. Al llegar al lugar este señor me recibió amablemente y me permitió armar la carpa en su terreno. Esa noche volvió a llover.

Día 18 y 19: de lo de Marcos a Ralún (10,8 km) + descanso en Puerto Montt

Estaba a un paso de llegar a la población de Ralún, a orillas del Estuario del Reloncaví, Océano Pacífico. Los últimos kilómetros consistieron en un descenso por ruta. El cielo estaba totalmente despejado. Se podía ver el brazo del mar y a lo lejos el volcán Yate, con su cumbre nevada.

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Último tramo de ruta hasta el Estuario

Ahí me percaté de que Ralún no es una ciudad ni un pueblo, sino un conjunto de casas dispersas. Cerca del cruce con la ruta 691, una camioneta frenó. La señora que conducía me ofreció llevarme hasta Puerto Montt. Sin dudarlo me subí y emprendí el siguiente objetivo siguiente: conseguir dinero chileno, comprar comida y reponer energías.

Hay que admirar a las personas que levantan a un mochilero sucio, proveniente de la montaña. En mi caso se mezclaba el olor a humo con la transpiración y el barro fétido. Compadezco a esta buena señora y le estaré siempre agradecido.

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Espectáculos por las calles céntricas de Puerto Montt

Una vez en Puerto Montt comenzó una dificultad inesperada que me haría demorar dos días. Ni bien llegué a la ciudad me dirigí a un banco para retirar efectivo chileno. Desgraciadamente el cajero no me lo permitía. Tras varios intentos falllidos, finalmente logré sacar unos pocos pesos. Me alcanzó para pagar una estadía en un hostel barato cerca de la terminal de micros. Tras una buena ducha me pasé todo el día tratando retirar más efectivo, con poca suerte. Al parecer el sistema del banco estaba colapsado, aun no lo se bien. Descubrí que funcionaba la tarjeta de crédito y aproveché para comprar víveres en el supermercado. Ya confiado, hasta me di el gusto de comer afuera y descansé en una cama como corresponde.

En Chile compré comida para 10 días; compré un adaptador para los enchufes; compré medias nuevas (las que tenía estaban destruidas) y un sombrero nuevo (sin agujeros).

Al día siguiente intenté resolví el problema del efectivo probando con otra cuenta. Saqué pasaje para ir en micro hasta Ralún, desde donde retomaría la caminata por la Vuelta del Zorro.

Día 21: camino a Cochamó (15 km)

El micro me dejó en Ralún. Allí descendí a explorar la playa del estuario. Quería investigar si había una huella o sendero alternativo a la ruta principal que bordeara el estuario. Cuando me di cuenta, estaba creciendo la marea y tuve que correr con el agua hasta las rodillas.

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La marea crece en el Estuario de Reloncaví

Terminada esta torpe aventura, la caminata siguió por la ruta 691, hasta la localidad de Cochamó. A lo largo del camino hay múltiples campings, alojamientos y casas de comida. El paisaje es de una notable belleza, por lo que la ruta se hace llevadera. Se trata de una zona turística aun en desarrollo.

Cochamó es una aldea muy turística. Sobresalen las construcciones antiguas de madera de alerce y las hermosas vistas al estuario de Reloncaví y al valle de Cochamó. Es posible conseguir alojamiento y buena comida.

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Localidad de Cochamó: al fondo se aprecia una Iglesia construida con madera de alerce

Tras recorrer un poco la costa, pasé la noche en el camping Arcoiris. Al día siguiente emprendería la caminata hasta el área de trekking conocida como La Junta.

(Continua en la cuarta parte…)

Volver a: segunda parte de la Vuelta del Zorro

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