Reseña del Sendero Gran Patagonia (7° parte)

Reseña de mi paso por las secciones 31 a 36 del Sendero Gran Patagonia. El recorrido, de un total de 540 kilómetros, transcurre en la región de Aysen, atravesando el Parque Nacional Cerro Castillo, el Parque Patagonia y la legendaria Ruta de los Pioneros. Al llegar a estas latitudes, el frío empieza a sentirse con mayor intensidad, el viento muestra toda su fuerza y el paisaje adquiere un aire sombrío.

Sección 31

Día 30 (37,7 km)

Coyahique, con 50 mil habitantes, es la ciudad más poblada de la región de Aysen. Cuando estuve allí, el centro de la ciudad aún dejaba ver rastros de las recientes manifestaciones políticas que habían sacudido Chile: plazas, cajeros de banco y estatuas rotas o pintadas. Los comercios tenían las persianas bajas, ya que según me contaron, a la noche todavía ocurrían algunos disturbios.

En el centro de Coyahique, los locales tenían las persianas cerradas

Por la mañana me dediqué a comprar víveres y renovar el calzado. Al igual que el año anterior, las zapatillas llegaron al día 30 completamente destruidas. Una vez hechas las compras, cargué la mochila y empecé mi caminata en dirección al sur.

Área rural en las inmediaciones de Aysen

La caminata de aquel día fue toda por camino vehicular, pasando por una serie de lagunas y propiedades rurales. Me encontraba en una zona radicalmente distinta a las anteriores, más similar a la Patagonia argentina, con clima seco y mucho viento. En las montañas bajas de precordillera predominaban los arbustos y los ñires.

Una de las “Seis Lagunas” que se encuentran entre Aysen y Villa Frey

Salí a caminar tarde, consciente de que llegaría a Villa Frey ya de noche. A eso de las 22 horas no se veía nada. Iba con bastante tranquilidad, después de todo, por ruta no podía perderme. Me puse a tararear una canción, mientras iba alumbrando con la linterna. De pronto, divisé un grupo de luces a la distancia. Eran las 23:30 hs. Por fin llegaba a Villa Frey. La población, diminuta, consistía en unas pocas casas dispersas y una pequeña plaza. Pensé: “bueno, acá armo la carpa”. En eso, unos vecinos que se encontraban conversando en la vereda, me vieron y me saludaron. Era el Sr. Jorge, quien vivía allí con su familia. Les conté un poco sobre mi y mis planes de ir al Cerro Castillo. Al oír mi historía, Jorge me invitó a pasar a su casa y me ofreció hospedaje. Así terminé la jornada, de manera imprevisible y agradecido como siempre.

Sección 32

Día 31 (42,2 km)

A las 8 de la mañana me encontraba de nuevo caminando por la ruta. Fui dejando la estepa a medida que el camino subía por las laderas bajas, entre bosque de ñires. A diferencia de los días previos de caminata, ahora la cordillera se encontraba al oeste, es decir, a mi derecha. Según supe luego, en la región había habido un enorme incendio por los años 50, del cual todavía quedaban marcas visibles. Al fondo a mi derecha, se veía el Lago Paloma. Tras unas cuatro horas de caminata, me acosté a descansar y sin darme cuenta, me dormí una pequeña siesta.

Lago Paloma internándose en la cordillera

En un momento llegué a una tranquera cerrada con candado. El propietario salió a mi encuentro y me explicó que no le gustaba mucho que pasara gente por ahí. Tuve que negociar… le expliqué que había caminado mucho, que tenía grandes expectativas de llegar a Cerro Castillo, que sabía de varias personas que habían hecho aquella ruta, que se podía ver en Internet, etc., etc. Finalmente aceptó abrirme la puerta.

Ascendiendo por bosque de lengas

Ya a cierta altura, dentro del bosque de lengas, la huella vehicular se convertía en un sendero. Tuve que pasar por un extenso mallín, así que me mojé bastante los pies. Llegado el límite de vegetación, el cerro caía bruscamente a mi derecha y el viento golpeaba con violencia. En una de las vista más bellas de la jornada, pude ver el Lago Paloma internarse entre laderas empinadas. Al fondo de este nacía el Lago Azul y a su vez, al fondo de este, el Lago Desierto.

El Lago Paloma, el Lago Azul y el Lago Desierto, uno atrás de otro

A partir de entonces el sendero desaparecía completamente, así que había que ir atento al GPS y buscar con la mirada el terreno más seguro. Pasé por un primer portezuelo, a 1300 msnm. Del otro lado, se abría un extenso valle de altura. Las horas siguientes fueron tremendamente demandantes. Iba siempre por encima del límite de vegetación, caminando por roca inestable, sobre una ladera bastante inclinada.

Valle de altura que debí atravesar para llegar al área del Cerro Castillo

Me sorprendió no ver a nadie allá arriba. El paisaje era de ensueño, “digno de Bariloche”, y sin embargo… no había sendero, no había ningún cartel, ninguna pisada humana. Mi única compañía fueron los cóndores revoloteando y unas huellas de huemul, que encontré en medio de un mallín.

Huellas de huemul a más de 1000 msnm

Llegado a un punto, me encontré con una pared de roca enfrente. Era imposible de rodear, debido a una caída muy empinada con una cascada. El fondo del valle, a su vez, era intransitable, por la presencia de lenga achaparrada. Tuve que armarme de coraje y trepar las piedras con las manos. Subí calculando cada pisada con extrema precaución. Finalmente, tras unos minutos de concentración absoluto, alcancé una pendiente suave y el valle se volvió más fácil. Creo que con una mochila más pesada no habría podido hacer la osadía.

Pared de roca que obliga a usar ambas manos

Cayendo la tarde, pude contemplar por primera vez el Cerro Castillo. Sobresalían sus torres puntiagudas, de aspecto tenebroso y sombrío. Me hacían acordar a una fortaleza del Señor de los Anillos. Con aquel espectáculo delante, continué caminando en descenso por acarreo y manchones de nieve.

Primera vista al Cerro Castillo desde el norte

Cerca del límite de vegetación reaparecía el sendero. Había que estar atento para no desviarse y caer en un barranco por accidente. La nieve y los saltos de agua incrementaban la dificultad. Ya en el bosque, el sendero se convertía en una huella vehicular en desuso, completamente tapada por arbustos, árboles caídos y partes de derrumbe. A eso de las 22 hs, rodeado de gigantescos coigües, llegué al sector de acampe Las Horquetas. Era la parte de acceso “normal” al parque.

Justo acababan de llegar dos chicos que trabajaban en el lugar. Me explicaron que la parte de donde yo venía no era transitada, dada la dificultad del terreno y la falta de mantenimiento. Seguidamente aprovechamos para charlar un poco y compartimos la cena junto al fuego. Fue una jornada larga e intensa.

Día 32 (35 km)

A las 8 de la mañana, con las manos heladas, capucha y cuellito hasta las orejas, empecé la caminata al Cerro Castillo. Me acercaba a la parte más concurrida del parque. A los veinte minutos, entré al área turística principal. Era un escenario clásico: carpas una junto a la otra, de distintos colores y modelos. Algunos pocos grupos ya habían desarmado campamento y empezaban a caminar.

Uno de los primeros cerros con nieve cerca del sector Las Horquetas

El sendero estaba todo muy bien marcado. Al superar el nivel de vegetación, unas estacas rojas permitían orientarse con facilidad. Tenía, sin embargo su dificultad, debido a la pendiente, el acarreo y un poco de caminata sobre nieve. A los 1500 msnm se llega al primer paso, con vistas espectaculares a todo el valle.

Primer paso desde el área Las Horquetas, a 1500 msnm

Las perlas de la travesía eran sin duda las cumbres nevadas de los cerros, que terminaban en puntas afiladas, con glaciares colgantes. De los cuerpos de hielo brotaban ruidosos hilos de agua que retumbaban a la distancia.

Laguna Cerro Castillo, al pie del cerro principal que da nombre al parque

El sendero pasa de cerca por la Laguna Cerro Castillo, que se encuentra al pie del mismo. Sin duda, allí se encuentra una de las mejores vistas del sur, digna de competir con los mejores escenarios de la Patagonia. Las pircas van guiando el ascenso hasta llegar a un segundo paso a 1600 msnm. Desde aquel punto es posible contemplar, al otro lado, el valle del Río Ibañez, y más lejos, el Lago Buenos Aires / Gral. Carrera, mitad argentino y mitad chileno.

Vista al valle del Río Ibañez desde el paso del Cerro Castillo

El descenso al otro lado es bastante empinado. Me crucé con varios caminantes que venían en subida. Mil metros más abajo se llega al Estero Parada, donde es posible tomar agua potable. Después de toda la subida y la bajada bajo los rayos del sol, recibía aquella agua como un néctar de los dioses.

Bajada al valle del sector “Neozelandés”

Tras una última hora de caminata por bosque de ñir, se llega al camino vehicular. Desde allí, seguí unas horas más por ruta hasta Villa Cerro Castillo. Fue una jornada bella y cansadora.

Sección 33

Día 33 (41,9 km)

Al día siguiente, la ruta seguía paralela al río Ibañez para desviarse ascendiendo por la derecha. El escenario era bastante árido, pasando por arbustos entre caminos dispersos de ganado. Llegado a un paso de aprox. 700 msnm, se encuentra el primer reparo del sol bajo un bosque de ñir.

Ascendiendo por sendero en paisaje de precordillera

A mitad de la sección se llega a dos pequeños lagos escondidos, desde donde todavía es posible tener excelentes vistas del Cerro Castillo. Todo el paisaje es de precordillera, con montañas bajas y ñiratal. Durante el resto de la sección, la ruta va por huella vehicular, internándose en el estrecho cañadón del Río Claro.

Desde el Lago Tamango, aún se ve el Cerro Castillo

El cañadón termina abruptamente, como si se tratara de un portal que marca el límite de las dos paredes de roca. Desde aquel lugar cerrado, el camino desciende directamente al encuentro abierto de la estepa. El viento empieza a sentirse con fuerza bestial. Debo avanzar con dificultad, atajando el sombrero para que no se me vuele. A la distancia, se ve el límite con Santa Cruz, Argentina.

Reencuentro con el Río Ibañez, que viene cargado de furia

Para las 20 hs, llego a la localidad de Puerto Ibañez. Tengo un apetito voraz, así que voy a atento a los locales abiertos para comprar comida fresca. Paso la noche en el hostel “Backpacker”.

Sección 34

Día 34 (ferry)

A la mañana temprano me dirijo al puerto y saco ticket para el ferry que cruza el Lago Gral. Carrera. Fue un día de descanso. A las 19:30 hs, me encontraba listo para el zarpe, cuando me di cuenta que me había olvidado el ticket en el hostel. Sin otra mejor opción, me pegué la corrida de mi vida… ¡Imposible tener un día tranquilo! Ya de noche, el ferry llegó a la localidad de Chile Chico.

Navegando el Lago Gral. Carrera en dirección a Chile Chico

Sección 35

Día 35 (17 km)

En Chile Chico me di cuenta que me estaba quedando con poco dinero en efectivo. Por desgracia, los bancos no me permitían sacar plata. Intenté varias veces sin éxito. Solo podía pagar con tarjeta. Más adelante me enteré que acababa de haber un cambio de la legislación argentina y ese era el origen del problema. Por tal motivo debí ingeniármelas cómo podía… conseguí que algunas personas me pagaran en efectivo en el supermercado, y yo les hacía las compras con la tarjeta. Así conseguí algo de dinero para los días restantes que me quedaban en Chile.

El centro de Chile Chico, ciudad a pocos kilómetros de la frontera con Argentina

La sección siguiente transcurría mayormente por el nuevo Parque Patagonia. El área de acceso tradicional a dicho parque es el Lago Jeinimeni. Sin embargo, al creador del Sendero Gran Patagonia, Jan Dudeck, se le ocurrió que sería más interesante ingresar por un lugar alternativo. Es así que la ruta del GPS pasa por una meseta, transcurriendo 30 kilómetros sin sendero. De esta manera se une Chile Chico con la entrada al parque por una vía “no ortodoxa”.

Acampando en la meseta, a 1000 msnm

Sabiendo que la meseta patagónica no es un buen lugar para armar la carpa, debido a los fuertes vientos, decidí caminar hasta llegar a un puesto que figuraba en el GPS. Allí tenía su casa y sus animales el Sr. Miguel Pacheco. Pensé que en el puesto encontraría algunos árboles de reparo, pero no había nada de eso. Así que tuve que armar la carpa al descubierto. Sin embargo, a eso de las 23 hs, el viento corría con tanta violencia, que tuve que desarmar todo. Con la linterna en mano, toqué la puerta de lo de Miguel Pacheco, quien me invitó a refugiarme. El viento sacudió el techo de la casa toda la noche.

Día 36 (33,9 km)

Después de compartir unos mates con Miguel Pacheco, emprendí mi caminata en dirección al Parque Patagonia. La huella finalizaba y en adelante todo era seguir ascendiendo entre mallines, coirones y piedras volcánicas.

Piedra de lava petrificada con “burbújas”

En cada rincón de la meseta salían a mi encuentro los guanacos. El jefe de la manada se paraba en una loma, relinchaba y la tropilla entera salía inmediatamente al galope. Estos animales me hicieron compañía todo el día.

Ascendiendo por la meseta en dirección al Parque Patagonia

La ruta alcanzaba los 1600 metros, ya superando el límite de vegetación. Arriba de todo, el viento corría con tanta fuerza que era difícil permanecer parado. ¡En un momento incluso me caí! Los anteojos de sol ofrecían cierta protección, pero ni hablar que era imposible conservar el sombrero en la cabeza. A eso de las 15 horas, me alcanzó un grupo de nubes y empezó a caer granizo. La naturaleza se ponía cada vez más furiosa.

Granizo en la meseta, a 1600 msnm

Para cerca de las 18 hs, ya estaba descendiendo en dirección a la ruta. Tuve que pasar por una gran pampa de coirones y arbustos espinosos. Ya sobre el camino vehicular, empezó a llover. Estaba demolido. Avancé durante una hora como pude. Cuando pasó un auto, se detuvo y me ofrecieron llevarme a Chile Chico. No pude resistirme. Opté por volver, secarme y reponer energías.

Día 37 (descanso)

Al día siguiente quise volver al lugar del día anterior haciendo dedo. No tuve éxito. En su lugar, aproveché para pasar por el hospital, ya que venía con una lastimadura que se ponía bastante incómoda. Me la había hecho en Palena, pero con tanta caminata, no había logrado cicatrizarse. En el hospital me proporcionaron crema cicatrizante y un apósito especial, todo un lujo. A los pocos días ya estaba como nuevo.

Día 38 (18,1 km)

Ya con buen clima, el sol radiante y ni una nube en el horizonte, salí en bus para el Parque Patagonia. Me registré en la sede de guarda parques y desde ahí inicié el recorrido del sendero principal, en dirección al Lago Jeinimeni.

Lago Jeinimeni en el Parque Patagonia

Los senderos del parque van atravesando valles de antiguo origen glaciar, con poca pendiente. Los ríos tiene un color lechoso y vienen con considerable fuerza. El bosque es de pequeño porte, una mezcla de ñires y lengas jóvenes.

Avanzando contra el viento, en dirección al paso del Lago Verde

Superado el primer paso a 1100 msnm, se accede a una de las vistas más fabulosas del parque. Enfrente, una montaña deja caer su inmensa pared de roca rojiza, sobre el imponente Lago Verde, de agua color turquesa. Este lago se alimenta a su vez del estero Ventisquero y otros arroyos menores, que traen agua de los glaciares aledaños. El color de las aguas de esa zona se debe a los sedimentos provenientes del hielo.

Mirador del Lago Azul

Después de una bajada empinada, hay que vadear el estero que desemboca en el lago. No se ve el fondo del río, debido al color lechoso del agua, y además de la corriente considerable, se le añade la dificultad del viento proveniente del ventisquero. El sendero desaparece y hay que guiarse por pircas y algunas estacas.

Cruzando el Estero Ventisquero

Terminé la jornada en un área habilitada de acampe, junto a un agradable refugio de madera. Aquella noche pude intercambiar fogata y entablar amistad con varios caminantes provenientes de distintos países. Había gente de Chile, Estados Unidos y de Francia. Siempre viene bien practicar los idiomas.

Día 39 (34,7 km)

El día siguiente lo dediqué a recorrer el Valle Avilés. Se trata de un antiguo paso, que antes era usado para movilizar el ganado. El anterior dueño de las tierras, el norteamericano Douglas Tompkins, un día decidió donar todo y así fue que se constituyó el Parque Patagonia. En poco tiempo las huellas de ganado se convirtieron en senderos y al irse las vacas, el territorio fue copado por guanacos y pumas.

Puente colgante sobre el cañadón del río Avilés

A medida que el sendero va en descenso, voy dejando atrás el bosque y regreso a un paisaje de precordillera, con coirones y arbustos. El río Avilés empieza a encajonarse y lo cruzo sobre un puente colgante muy pintoresco. A continuación, el sendero alcanza un terreno chato, una pampa extensa, área conocida como “Casa de Piedra”. Los guanacos andan pastando a pocos metros de distancia.

Vista hacia el Valle Avilés, a poco de llegar a Casa de Piedra

Ya estaba cayendo el sol. Aproveché para averiguar un poco sobre la travesía del día siguiente. Me recibió el guardaparque Misael, que resultó ser argentino. Tomamos unos mates y ya de noche me dispuse a dormir. El clima seco y el buen tiempo me permitieron dormir sin carpa, con la bolsa de dormir bajo un techito al aire libre.

Un grupo de guanacos cerca de Casa de Piedra

Día 40 (42,6 km)

La Travesía de las Siete Lagunas es una parte del Parque Patagonia que aún se encuentra en desarrollo. El sendero, sin embargo, se ve bastante bien si uno presta la debida atención. El recorrido conecta Casa de Piedra, el antiguo casco de estancia que ahora funciona como camping y sede de guarda parque, con distintas lagunas de altura en un escenario de precordillera.

Lago Gutiérrez, a poco comenzar la Travesía de las Siete Lagunas

La travesía presenta bastante desnivel, hasta que se accede a un paso de aprox. 1200 msnm. Gran parte del recorrido transcurre entre coirones y es fácil confundir el sendero con la huella cruzada de los guanacos.

Sendero por ñiratal

Hay partes en que se va por bosque de ñires y también se atraviesa un poco de lenga. En el punto más alto, hay en mi opinión, uno de los miradores más bellos del parque. Se alcanzan a ver las distintas lagunas, un pedacito del lago Cochrane y, a lo lejos, la cordillera nevada. Todo el paisaje tiene un aspecto un poco triste, debido a que décadas atrás, la región fue afectada por diversos incendios.

Vista del Parque Patagonia desde la Travesía de las Siete Lagunas

A eso de las 16 hs empezó a caer agua, iniciando una serie de lluvias intermitentes. A las 17 hs me encontré con una antigua huella vehicular, casi imperceptible por la vegetación, que me condujo a una pequeña casilla de madera. No lo dudé y me metí. Esperé un rato a que parara la lluvia, ya pensando en encender un fueguito y tirar ahí la bolsa de dormir. En seguida… milagro: salió el sol y pude continuar en dirección al Lago Cochrane. Un arco iris marcaba mi rumbo en el horizonte.

De repente, los vientos traen buen tiempo y un arco iris anuncia el fin de la lluvia

Para el final del día, llegué al puesto de Daniel “Huemul”, un hombre dedicado a la conservación del parque y al estudio de los huemules. Después de conversar un poco y compartir unos mates, me indicó un lugar para armar la carpa, bajo el reparo de un bosque de coigües.

Día 41 (18,9 km)

La caminata del día siguiente consistió en rodear el Lago Cochrane, en dirección oeste. Una vez en la costa, el sendero iba subiendo y bajando por un bello sendero bien marcado, en un bosque típico de cordillera patagónica.

Sendero bordeando el Lago Cochrane por la margen norte

El Lago Cochrane tiene una mitad en Chile y otra en Argentina, donde se lo conoce como Lago Pueyrredón. Es alargado y presenta varias curvas, con partes en que se embuda y varios islotes. Llegando a la punta oeste, el lago se va haciendo angosto para dar nacimiento al río Cochrane, de aguas profundas y azuladas.

Llegando a la cabecera oeste del Lago Cochrane

Al mediodía llegué a la localidad de Cochrane. Me dediqué a descansar y preparar los víveres para la siguiente sección. Me esperaba el tramo más largo y uno de lo más difíciles de todo el Sendero Gran Patagonia: la Ruta de los Pioneros.

Sección 36

Día 42 (37,5 km)

Venía soñando todo el año anterior con poner los pies en la legendaria “Ruta de los Pioneros”. Su nombre resonaba en el mundo del trekking como un mito. Así lo sentía también la gente del lugar, para quienes aquella travesía era parte de su historia.

La extensión entre el punto de partida y de llegada era de 200 kilómetros, entre Cochrane y Villa O’Higgins, de los cuales 100 kilómetros en el medio no tenían conexión vehicular alguna. La ruta existía desde el tiempo de los primeros pobladores, cuando no existía la carretera austral y se debía transitar a caballo entre ambas localidades, con una semana de demora.

En cuanto a los víveres, cargué comida para 8 días. Al mismo tiempo, tendría que ahorrar la batería del celular todo lo posible, sacando fotos lo mínimo indispensable.

Informé de mi salida bien temprano en el retén de carabineros de Cochrane. Inmediatamente, con la mochila pesada, casi reventando por la cantidad de víveres, empecé la caminata.

Laguna Esmeralda, en dirección a la Ruta de los Pioneros

Durante los primeros 50 kilómetros, el camino pasa por algunas lagunas y bosques de poco porte, a medida que se va internando en los valles cerrados de cordillera. Algo llamativo de la región es el aspecto oscuro de los cerros. Muchas laderas están casi peladas, incluso hasta la cumbre, con roca al descubierto y troncos muertos. Esto se debe a los incendios, ocurridos en distintos momentos históricos. Por eso es normal ver tanto bosque de lenga joven. La erosión del viento contribuyó a descubrir la roca y dar a los cerros de la región aquel aspecto sombrío.

A eso de las 19 hs, llegué a la última propiedad privada del camino. Solicité permiso y acampé bajo unos ñires.

Día 43 (36,6 km)

A poco comenzar mi caminata del día, me crucé con una pareja de chicos europeos, Thomas y Elisabeth, de los pocos seres humanos que hacían el Sendero Gran Patagonia al igual que yo. Intercambiamos un poco de información y cada uno siguió su camino.

A eso de las 10 hs llegué al glaciar Cayuqueo, que se encuentra al final del camino vehicular. En el fondo del paisaje, se veía el Cerro San Lorenzo, el cual limita con Argentina. La baja temperatura, la poca vegetación, las piedras descubiertas de los cerros y los glaciares colgantes, daban a la región un aspecto sombrío e inhóspito. Estar frente a las puertas de la Ruta de los Pioneros y dejar atrás el camino vehicular, en aquel escenario remoto, imponía un cierto temor. Reinaba un silencio absoluto.

Glaciar Cayuqueo al final del camino, portal a la Ruta de los Pioneros

A lo largo del primer día tuve unos pocos vadeos, ninguno muy difícil. Las aguas venían heladas y con color lechoso, por su origen glaciar. Esta primera parte tenía poca pendiente, atravesando áreas despejadas de bosque y algunos mallines hasta alcanzar un enorme bosque de lengas que parecía no tener fin. Aquí era muy fácil perderse, ya que la huella se borraba y abundaban los troncos caídos.

Sendero difuso en el bosque de lengas. Un tronco quemado aún pie indica que allí hubo un incendio varias décadas atrás.

Cerca de las 20 hs llegué al fondo del valle. El bosque de lengas se achaparraba hasta desaparecer por completo. Desde aquel punto era visible el legendario paso “Picota”, llamado así debido a la herramienta que empleaban los antiguos pioneros para marcar la huella entre las piedras. Al día de hoy dicen que la picota está en algún lado, y que cada tanto la usan…

Vista hacia el Paso Picota desde el límite del bosque

Armé la carpa bajo el reparo de unos árboles, junto a una pequeña tapera rústica, construida con troncos. A pocos metros, corría un río lechoso y turbulento, que resonaba en lo ancho del valle. Al día siguiente debería salir bien temprano para cruzar el río cuando aún venía con poco caudal.

Día 44 (36,4 km)

Me desperté a las 6 de la mañana. Tomé coraje y salí de la bolsa de dormir. Tiritando un poco y con movimientos bruscos, desarmé el campamento. Tras un breve desayuno, con todo en la mochila, empecé la caminata al Paso Picota. El sol fue asomando poco a poco por encima de los cerros.

Lagunas y glaciares arriba del legendario Paso Picota

El paso Picota fue mi preferido de todo el Sendero Gran Patagonia. Era largo, bien extenso, casi como una meseta de altura, con lagunas y glaciares escondidos que aparecían de sorpresa en distintos rincones. Gocé cada instante de aquella caminata, subiendo y bajando entre piedras y manchones de nieve, tan solo acompañado del ruido de las piedras caedizas, que retumbaban en la distancia.

En un punto determinado, la ruta pasa por Argentina. Se trata de un pequeño valle con forma de “gota”, con una pequeña laguna de deshielo en el medio. Si uno se desvía por ese valle, puede acceder al Parque Perito Moreno, en la provincia de Santa Cruz.

Pequeño valle argentino en medio del Paso Picota

Tras un par de horas de caminata en descenso, llegué a un lago de agua turbia, de donde nacía el río Bravo. Este río es conocido por ser el más difícil de toda la travesía, ya que con la lluvia su caudal lo hace invadeable. Seguí un consejo que habían transmitido los chicos europeos: cruzar el río en sus nacientes, donde aún tenía poco caudal, y continuar siempre por la margen este.

Lago desde donde nace el Río Bravo

Caminé un par de horas sin sendero, luchando un poco con el bosque de lenga achaparrada. La ruta seguía por un larguísimo ventisquero, con el río Bravo siempre a la derecha, para finalmente desviarse a la izquierda, y ganar altura en el bosque.

Caminé todo el día. No vi ni un solo ser humano, ni un solo animal. A eso de las 21 hs, encontré un corral y unas construcciones rústicas de madera. Era uno de los puestos del Sr. Grial, pionero de la zona, ya fallecido. Las nubes amenazaban con lluvia. Armé la carpa bajo la protección del bosque.

Día 45 (39,9 km)

Amaneció con una leve llovizna. Esperé un poco que disminuyera. Si el sendero iba por bosque, no tendría mayor inconveniente. Finalmente, me animé a desarmar campamento y me largué a caminar.

Sendero de ensueño por bosque de lengas

A eso de las 10 hs empezó la lluvia con más fuerza. El frío se fue sintiendo cada vez más. Primero los pies, luego las manos, luego las piernas. Tenía guardado mi interior térmico para más adelante y me lo puse. Fue un alivio momentáneo pero aún así, el frío exigía mantenerse en movimiento.

En determinado punto, a cierta altura, pude contemplar el Lago Alegre por primera vez. Como todos los paisajes de la Ruta de los Pioneros, el color del escenario transmitía frío e imponía un respeto sombrío.

A eso de las 13 hs, dejó de llover. El sol se dejó ver un poquito y gracias a la ropa sintética, pude secarme con el mismo calor de la marcha. Empecé a disfrutar la jornada de otra manera. Fue todo una renovación. A las pocas horas, pasé por una casa en buenas condiciones, pero sin gente. Los pobladores estaban ausentes.

A continuación, me enfrenté al vadeo más demandante de la travesía. Cerca de las 17 hs, llegaba a la punta del lago, donde había un pequeño refugio de madera. Decidí continuar un poco más hasta el Lago Christie.

Vista del Lago Alegre desde la cabecera norte

Pasando el pequeño refugio, el sendero ascendía por bosque de inmensos coigües. Tras un corto faldeo por cerro empezaba la bajada al lago Christie. Ya con el lago a la vista, pude ver un hilito de humo saliendo de entre los árboles. Era la casa de Rubén Pradena. Como de costumbre, salieron a ladrarme los perros. Había varias personas. Me dieron la bienvenida y me invitaron a pasar.

Charla y mate con Rubén Pradena y los pobladores de la Ruta de los Pioneros

El Sr. Rubén Pradena vivía en uno de los lugares más remotos de Chile, en medio de la Ruta de los Pioneros, sin acceso vehicular, con los víveres contados para varios meses y por supuesto, con la compañía de sus animales, fuente de comida, ropa y trabajo. Aquel día lo estaban visitando Paola Rial, sus hijos, Judith Rial y el “gringo”, Hernando Cadagan. Todos ellos eran los “vecinos” de la Ruta de los Pioneros.

Lago Alegre desde la casa de Rubén Pradena

Tuvimos una divertida charla. Compartimos mate, tortas fritas y una trucha recién pescada en el Lago Christie. No podría estar más agradecido con tanta hospitalidad. Fue una jornada intensa y gratificante.

Día 46 (34,8 km)

Al día siguiente, presencié una sesión de esquila. El Sr. Rubén manejaba las tijeras con rapidez y maestría. Era argentino, pero se había criado desde muy chico en el lago Christie. Para acceder al lugar, siempre tuvo que viajar a caballo, con varios días desde Villa O’Higgins o desde Cochrane.

Rubén Pradena esquilando una oveja con maestría

Antes de despedirme me dieron algunas indicaciones para el camino. Era fácil perder el sendero, ya que las huellas se dispersaban y había que estar atento.

Despedida con los pobladores de la Ruta de los Pioneros

Pasé toda la mañana caminando por la ladera que bordea la margen este del Lago Christie. El terreno tenía poco bosque y mucha piedra pelada. Había rastros rastros notorios de un antiguo incendio. A eso de las 13 hs, llegué a la carretera. Así, súbitamente, concluía la Ruta de los Pioneros.

Faldeo en la margen este del Lago Christie

El resto del día lo pasé caminando por huella vehicular, cerca de la frontera con Argentina. Me llamó la atención que había casas muy distantes de la ruta, algunas conectadas solo por sendero y con gente que circulaba a caballo. Cuando les conté que venía de la Ruta de los Pioneros les brillaron los ojos. “¿Pasó por lo de alguien?”, me preguntaron, como para corroborar que no estuviera mintiendo. “Así es, pasé por lo de Rubén Pradena.” En la región se conocían todos perfectamente.

Al caer la tarde me encontraba ya en campos privados. Pedí permiso para acampar, como de costumbre. Me recibió Doña Julia, una antigua pobladora.

Me contó que hasta hace 20 años esa zona no tenía camino de auto. “Yo me crié acá. En ese ranchito de allá parí mis seis hijos. Viví siempre entre las ovejas y los chanchos. Tejí la ropa, hice el queso y la manteca. Cada tanto salíamos a buscar yerba y harina a la Argentina. Pero después, vivíamos aislados el resto del año.”

Todos los pobladores de la región se comunican por radio teléfono. Le pregunté a doña Julia si podía comunicarse con Rubén Pradena, así que aproveché para mandarle un saludo.

Día 47 (32,5 km)

El día siguiente lo dediqué a caminar hasta Villa O’Higgins. Finalmente, medio corriendo para que no me alcanzara la lluvia, tras seis días de travesía, llegaba a la civilización. Era hora de una ducha caliente y un buen descanso.

Villa O’ Higgins, fin de la Carretera Austral

Dos días después, tomaría la barcaza que cruza el Lago O’Higgins. Me acercaba al final del Sendero Gran Patagonia en el Chaltén, Argentina.

Continúa en la 8° parte…

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